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Malthus se fugaría a Suiza

10 Nov

La juventud actual, si por algo se caracteriza es por ser la generación más rematadamente estúpida de la historia. Hemos echado a perder una serie de valores transmitidos de boca en boca de abuelos a nietos, de padres a hijos y de párrocos a monaguillos. En pocos años dilapidamos una fenomenal herencia cultural, social, política, cultural y hasta ética. Una inusual plaga de humanos fue concebida en un pasado reciente para poner fin a las maneras de hacer de una especie devastadora, consigo misma y colateralmente con todo aquello que le rodea.
La educación es un punto fuerte, pero la falta de respeto la mayor debilidad de una generación que naufraga. Perdida la empatía por los demás, caímos en la fragilidad cada uno de nosotros. Nos ha importado bastante poco adquirir cualquier novedad en los escaparates, a cargo de los ingresos de la cartera del mañana. Nos ha traído sin cuidado montarnos un pisazo con plaza de aparcamiento subterránea y otra a pie de calle. Ambas con lujosos vehículos, a la espera del próximo crédito para resguardar el desgraciado bólido que debe dormir a la intemperie.
La juventud actual cometió el pecado de caer de cuatro patas al dictado de un consumo desenfrenado. Su actitud ha causado una subida vertiginosa de los precios del metro cuadrado de vivienda que llegó a ponerse inalcanzable. Así prosigue, tras el estallido crediticio que dilapida la posibilidad de aprovechar suculentas ofertas inmobiliarias. Por culpa de unos jóvenes trasnochados y trasnochadores todo se ha ido al traste. Ya no es posible endeudarse porque una generación entera lo hizo excesivamente. Ya no es posible divisar ningún futuro porque, literalmente, un desastroso gentío se lo tragó a bocados en multitud de restaurantes, de buen cubierto preferentemente.
La voz de la experiencia que todo lo sabía, está profundamente perdida. Jamás se le había ocurrido tirar más el brazo que la manga. Contempla atónita el desmantelamiento de servicios públicos como consecuencia del yugo de una deuda que pasa factura hasta al sector público que los proporcionaba. Cuando más necesita servicios médicos y subsidios, en una vejez soñada idílica, se encuentra con una reducción de prestaciones sin antecedentes. Hasta ahora todo iba a más y no se explica el porqué de un atasco monumental. Le escuece más que a nadie, pero tiene que callar porque ya no tiene edad para denunciar maltratos. Son los hijos que se sienten indiferentes por sus desmanes bancarios, quienes tampoco salen a la calle a defender sus derechos como personas, ni por supuesto los del resto de afectados.
Las voces expertas tienen toda la razón. Un frenesí autodestructivo ha terminado dilapidando la racionalidad labrada durante muchos siglos. Las burbujas acaban siempre de la misma manera. Evidentemente, si sólo tenemos en cuenta las monetarias y olvidamos las demás. Ya va siendo hora de que empiecen a ser contadas. No sólo se hincharon numeritos, sino hasta las pelotas.
En parte, mucha culpa de lo sucedido es de unas criaturas sin cabeza que tienen la desgracia de ser mayores de edad con plenitud de poderes. En parte, de generaciones anteriores que se endeudaron lo mínimo, pero que no son ejemplo de una sensatez absoluta. Cuando el crédito escaseaba, porque principalmente era del todo innecesario y contraproducente, cientos de miles de propietarios rurales llegaban a unas ciudades por la vía del desahucio y no se les ocurría nada mejor que parir. Como conejos se reproducían y multiplicaban por medio mundo.
Allí donde se le antoje ir de viaje a cualquier hijo de vecino low-cost, puede encontrar fácilmente especímenes de su raza. En América, Oceanía, islas desiertas de algún mar lunar o incluso en la sopa más oscura aparece un hombre blanco saludando en vocablos familiares. Son legión los descendientes de europeos que habitan más allá de nuestras pequeñas fronteras. Se calcula que hay más fuera que dentro. Se omite que a nadie, entre nuestros antepasados, se le ocurrió calcular el potencial de un continente que no da sustento a todo el mundo, ni lo dará por mucha soberanía alimentaria alentada desde Bruselas .
El gobierno suizo recibió recientemente 120000 firmas para forzar un referéndum sobre la limitación de la inmigración. Sorprende, tanto el malestar que se adivina detrás de cada apoyo a la propuesta, como los organizadores de un ejercicio muy habitual en el país alpino. No fue un grupo de la etiquetada extrema derecha el propulsor de estas polémicas adhesiones. “Ecopop” entregaba los resultados de la iniciativa inédita. Una formación ecologista ponía el grito de alerta ante la depravación de unos recursos naturales, mucho más escasos de lo que los políticos entarimados nos cuentan. Por mucho que en Bruselas los quieran estirar a golpe de subvención y hachazo limpio a unas tierras de cultivo que no dan mucho más de sí.
La iniciativa pide establecer un crecimiento límite anual del 0,2% de la población suiza a través de la inmigración. También propone que el Gobierno invierta, al menos un 10% de su presupuesto internacional de ayuda al exterior, en medidas para apoyar la planificación familiar en el extranjero. La afortunada Suiza está preocupada por una duplicación poblacional en las últimas dos décadas que ha situado el total de efectivos en más de ocho millones de personas. En marzo ya se limitaron las construcciones de segundas viviendas. Probablemente en 2013, se restrinja duramente la proliferación de las primeras.
Son tan reducidos los espacios que edificar para satisfacción de una generación, tan numerosa como caprichosa, se ha convertido en asunto escabroso. El barato baby boom terminó costando caro, por mucho que se envuelva en la filosofía low-cost que termina siendo ostentación cubierta de retales. Los precios de los bienes esenciales se hincharon, como no podía ser de otra manera, consecuencia de lo que no debieran estar pensando ninguno de los padres que trajo al mundo otro inquilino. Recapacitaron exactamente lo mismo que la criatura antes de financiar otro coche de cara factura. Cuando no eran pisazos, la descendencia indicaba una posible cordura o demencia colectiva. No se sabe todavía del cierto si hay más dentro que fuera. Tampoco si hay más antes que ahora.
La abstracta confianza se podría medir por la adquisición en grados distintos de bienes duraderos. Los hijos son el mayor de todos ellos, ya que no suelen abandonarse como las mascotas atropelladas en las vías públicas. ¿La evolución del censo mundial marca expansión o caos? ¿Exuberancia extrema o meticulosidad errada?
Pocos han llegado a darse cuenta de la peligrosidad de un rápido crecimiento de la población, desacompasado con los recursos. El más famoso de todos los nombres quizás sea el de Malthus. Describía este clérigo las crisis anteriores a la revolución industrial con tintes trágicos. Momentos en los que la subsistencia se hacía difícil por aumentos exponenciales de población. Tenía tanta razón como sensacionalismo le echaba al relato de la historia. La mayoría de territorios con propiedades agrarias estables y bien repartidas no sufrían el efecto de los desmadres poblacionales. Eran víctimas de alguna adversidad muy de vez en cuando y de pocas contrariedades malthusianas. Paradójicamente, la reproducción siempre ha sido mayor en aquellos individuos despegados del entorno. La burbuja poblacional tuvo lugar cuando los recursos se perdieron de vista, como la de los tulipanes se inició cuando los mercados olvidaron su trastienda agrícola.
La desmedida confianza puede hacer creer que llueve infinitamente o que somos capaces de aprovechar un sinfín de ocasiones cada gota. Totalmente cierto, hasta el día en el que los verdaderos líquidos no los presta ni la procesión continua de Semana Santa. La prudencia es la madre de la subsistencia. La oración, el silenciador de la conciencia.

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Publicado por en 10 noviembre, 2012 en opinión

 

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