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¿Los suicidios nos dejarán ver el bosque?

18 Nov

Demasiados suicidios en tan poco tiempo han despertado una opinión pública medio dormida. Lo que empezó a ser el germen de una plaga en territorio griego ha ido extendiéndose por otras partes del continente, incapaz de hacer frente a elevadas deudas pendientes. Con mayor o menor sensacionalismo distintas personas decidían acabar con su vida en España en lo que llevamos de trágico mes de noviembre. Las razones son variopintas. Entre todas las expuestas, encuentro a faltar una muy poderosa.
Nadie se ha parado a pensar en la fase terminal en la que se encuentra el sistema financiero en su totalidad. Cuando hablo de sistema me refiero al conjunto que se relaciona con esta institución y al ente en sí. Los individuos sobrados de recursos han depositado su futuro en unos bancos que los han prestado a quienes van escasos. En el supuesto beneficio del máximo aprovechamiento de bienes tangibles, esa ha sido la labor desempeñada por una institución que por arte de magia también es capaz de multiplicar los recursos existentes. Si lo contáramos a los primeros dosificadores de granos de aquellos templos babilónicos no lo creerían. Cuando lo intentamos explicar a una sociedad que desconoce, ampliamente, las funciones que desarrollan algunas instituciones actuales parecen vivir en la vieja Babilonia. Así es como se explica que a un depositante le sea imposible comprender cómo pueden haber sido dilapidados unos ahorros. Como si los hubiera introducido en una vulgar caja fuerte.
Un préstamo supone dar la potestad a alguien de adquirir un artículo. Quien lo vende puede cancelar una deuda pendiente o almacenar lo obtenido para hacerlo en un futuro. Imagine un agricultor que ha sembrado con el consentimiento bancario y otro que lo ha hecho ahorrando parte de la cosecha anterior. Quien puede permitirse el lujo de almacenar sus réditos en un banco permite que la rueda continúe. El banco, en caso de guardar el máximo número de recursos posibles, incurre en la incapacidad de afrontar el pago de unos intereses que es lo que exige la clientela que anda sobrada, para seguir confiando su futuro en esta institución. La repetición de este ciclo agranda el montante financiero existente y a su vez es la clave de la viabilidad del sistema al que estoy medio desnudando a día de hoy. Así de simple, pero así de difícil en el momento actual.
El banco no encuentra a quien confiar dineros y a su vez quienes los necesitarían tampoco andan muy confiados embarcándose en préstamos. Antes creíamos que los contratos eran eternos y ahora hasta que se acaban. Sea por lo que quiera y en el orden que fuera, este proceso descrito anteriormente se rompió. Al unísono y paulatinamente, miles de obligados a hacer frente a recibos de préstamos entraron en fase de aprietos para liquidarlos en los plazos estipulados. La cantidad de crédito se reduce cuando al intercambiarse un bien aquel que recibe el flujo monetario ya no anda sobrado. Si utiliza el pago para cancelar deudas pendientes elimina también algunas unidades monetarias que otro encuentra a faltar, para cumplir con las obligaciones propias. Sigue siendo simple, pero va sumando dificultades al momento actual.
En el lado de los depositantes no existen suicidios conocidos. Poco de lo que ostentan en sus flamantes apuntes se encuentra entre los recursos propios de aquel banco en el que confían. Casi todo está en manos de comprometidos endeudados y transformado en bienes y servicios de muy distinta naturaleza a un dinero mutante. Casi todo tiene forma de terrenos construidos o sin construir, coches, viajes, servicios sociales o magnas infraestructuras al servicio de la sociedad. No conviene olvidar que el estado se ha situado en el bando financiado y parte de lo que nos regala para nuestro bien está patrocinado por quienes andan sobrados de liquidez.
El estado se ha destacado por intentar mantener esta rueda en funcionamiento. El procedimiento ha sido tan polémico como inútil. Optó por hacerlo resucitando unas instituciones en fase terminal. Las dificultades en las que han entrado cientos de miles de individuos, consecuencia de la reducción del dinero existente ha conducido a la creciente quiebra de personas, tanto físicas como jurídicas. Las dificultades de las entidades financieras no se ha llevado por delante ninguna empresa dedicada a estas tareas. Las ayudas y el intervencionismo han salvado multitud de bancos. Uno de los dos últimos que estarían al borde del suicidio si de personas se tratase, son Catalunya Caixa y Banco de Valencia. Serán subastados y se admiten apuestas. Nadie capaz de transformar este tipo de actividades en otras más sostenibles parece que vaya a acudir a la puja. Cuestión lamentable que nos acerca un futuro muy parecido al pasado que ya conocemos.
Son graves los suicidios como sucesos fatales que ninguna sociedad debería permitirse. Pero mucho más la cortina visual que en cada uno de nosotros ejercen, para alejar todas aquellas propuestas de lo que podría desempeñar en un futuro el tan lastrado sistema financiero. A estas alturas en las que numerosas entidades van a subasta quienes creemos en otras posibilidades de organización sistémica deberíamos estar con el talonario frente al Banco de España. Seguimos atraídos por la memoria de unos individuos que, desafortunadamente, no disfrutarán ni sufrirán los efectos de este inviable sistema financiero. Los parches pueden ser todavía más monumentales, pero los milagros inexistentes para reflotar la situación.
Los actores irán pereciendo en la medida que vayan asumiendo una realidad implacable. El barco se hunde en su totalidad y no supone ninguna garantía agarrarse a la barandilla. Si unos no pueden hacer frente a las deudas, otros tendrán que asumir pérdidas en sus esforzados ahorros. El estado lo único que podido hacer es alterar los órdenes en los que los distintos protagonistas de esta película van cayendo en el cruel mundo oceánico. Sus apoyos representan puñaladas al bando contrario en lo que se refiere a la dirección en la que circulan los intereses. Retrasan la posible asunción del error y poca cosa más. Los suicidios retrasan el encuentro con el camino deseable. Próximamente algunas propuestas de futuro serán expuestas en este mismo espacio. Sin mirar atrás. El pasado reciente se volvió tan oscuro que es mejor escapar de él mirando hacia delante.
Mientras se va cociendo el texto invito al bando que va sobrado que recapacite. Quienes van faltados parece que lo tienen bastante asumido. La banca puede recuperar un piso y acumularlo en un inventario que desborda el catálogo. En el peor de los escenarios, en lugar de devolver dinero podría satisfacer con la propiedad de un piso al ahorrador frustrado ¿Cómo piensa recuperar recursos gastados en sexo, drogas o simplemente prendas de ropa que ya no son más que retales tirados en un contenedor después de haber limpiado varias veces los cristales del pisito que se desahucia?

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Publicado por en 18 noviembre, 2012 en finanzas

 

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