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La huelga interminable

19 Nov

No puedo dar impresiones sobre la huelga general más exitosa de la historia moderna, sin antes aclarar una característica personalísima. Vaya por delante que jamás creí en los sindicatos. Por mucho que reaccionen ante la barbarie desatada por unas exigencias de austeridad equivocadas. Por mucho que peleen en los despachos ministeriales una nueva reforma laboral que garantice el caviar para cada afiliado. Por mucho que ideen fórmulas legales de prohibir el despido. Seguirán sin encontrar en un servidor a un aliado incondicional. Caminan en una dirección equivocada y ahora les paso a contar el porqué.
Hace dos días, el 14 de noviembre la mayoría de asalariados se las ingenió como pudo para acudir a sus puestos de trabajo. En este sentido, fracasaron estrepitosamente en la convocatoria de la inamovible huelga. Las manifestaciones populares contrastaban con el triste ambiente reivindicativo matinal. A media tarde las calles se llenaron con la marabunta de hijos y nietos del bando perdedor de una guerra civil, perdida en tantos frentes que hasta se derrumbó enteramente la memoria transgeneracional. Las centrales sindicales sólo recuerdan el parón de la actividad productiva por unas cortas horas como método de lucha. Con el horizonte puesto en la vuelta, a cambio de unas mejores condiciones. Una actitud anacrónica, superficial y hasta festejable por unas direcciones empresariales aliviadas de retribuir a una gran cantidad de factor trabajo.
Yendo mínima y esquemáticamente al fondo, conviene hacer una retrospección de ocho décadas. Tras la masacre de la España roja, la mitad de la población activa realizaba actividades relacionadas con el sector primario. Excluya a los abuelos de los jornaleros que actualmente viven subsidiados en amplias regiones y piense en el resto. Olvide a los cuatro terratenientes que no han dado un palo al agua en su vida, para al menos paliar la rabia que nubla la vista. La realidad es que la mayoría de la población rural era propietaria de su parcela productiva antes, durante y poco después de la República. Vivía a duras penas y con esfuerzo, pero soportaba las peores escaseces de la historia muy dignamente. La mayoría de la población de los revolucionarios años 30 conservaba la manija de su futuro. Los grupúsculos que carecían de poder de maniobra se rebelaban en ciudades enteras, porque principalmente carecían de la tan preconizada democracia, alcanzada gracias a la lucha de la denominada clase obrera.
Las masas residentes en la ciudad vivían mayoritariamente subsidiadas por los propietarios de los medios de producción. Eran hijos de antiguos propietarios rurales. Sin voz ni voto en el puesto laboral ni fuera de la fábrica necesitaban contrarrestar las avaricias empresariales compinchadas con las élites políticas, mediante métodos ingeniosos y a menudo violentos. Sin posibilidad de diálogo social entre grupos de intereses contrapuestos, las armas tenían que calmar difíciles problemáticas con la subsistencia de los más dependientes.
Firmada la paz en un continente encendido por carencias notables, el asalariado alcanzó el cénit que había soñado durante la primera mitad de siglo XX. Empezó a andar más que subsistiendo, olvidando cuestiones sustanciales en la organización de la nueva sociedad que todavía da algún coletazo. Similar al de la cola de una lagartija, hay que precisarlo. A largo plazo no la reanima ni el mejor equipo de urgencias del mejor hospital del planeta. Los años 50 inauguraron el denominado estado del bienestar en el que a base de recaudar una especie de impuesto revolucionario a los propietarios de los medios de producción, permitió mejorar la calidad de vida de los subsidiados por estas mismas clases. Los más dependientes contentos y felices para que al final termine siendo un chollo depender, a cambio de suculentos beneficios.
Todo parecía ir muy bonito, pero sin atajar la cuestión de fondo. La problemática termina superando todos los beneficios obtenidos sin cambiar estructuras, sino incluso exagerando errores. Las unidades de producción han tenido el mismo problema democrático que los estados controlados por unas élites endogámicas. El histórico consenso político impidió la necesaria transformación de las empresas en organizaciones donde cada trabajador ostentara un único voto en las decisiones. La inopia sindical hizo el resto. Con salarios superiores a los de subsistencia era factible adquirir porciones de medios de producción. Más despacio que a través de una rotura de los órdenes establecidos, pero de manera igualmente efectiva. El hedonismo y las manías apagaron cualquier reacción. ¿Para qué poder ir a votar donde pasamos la mitad del día? Ya vigilan los sindicatos que el estado vigile convenientemente y con el tiempo ahorrado vamos hasta el Caribe y volvemos.
La tendencia experimentada en la última mitad de siglo marca todo lo contrario a lo que deberíamos esperar de una clase que dice luchar por sus derechos, organizada por el sindicalismo de siempre. Si las emancipaciones ideales son como las de algunas veinteañeras que de forma creciente se van de casa para dedicarse a la prostitución, vamos en el camino idóneo arrimados a los sindicatos. Lo de menos en esta apreciación son las etiquetas, los logotipos y las siglas. Lo penoso, los horizontes que siguen sin existir más allá del perreo perfectamente retransmitido y extendido por vastas avenidas. Más de la mitad de padres y abuelos que sacaron las pancartas el 14 de noviembre eran propietarios de algún medio de producción. En pleno siglo XXI la inmensa mayoría de la población joven debe un pisito que representaba la máxima aspiración de una generación que sigue negándose rotundamente a tener voz y voto en la producción. En Estados Unidos quien de verdad se suicidaba durante los terribles años 30 no eran los banqueros en Wall Street, sino agricultores y granjeros incapaces de hacer frente a unos créditos impagables monetariamente. En la Europa del siglo XXI, después de largas décadas de inmejorables salarios ni tan siquiera los más expertos lameculos que han ascendido hasta los mejores cargos ejecutivos del gobierno, patronales, sindicatos o colegios profesionales, han conseguido apoderarse de medio alguno. Alguna mansión, algún vehículo de lujo y algún criado bien vestido a su servicio. Poca cosa más. Imagínese los demás como nos podemos encontrar. Sin posibilidad de perder nada porque nada tenemos ni hemos tenido. Tememos por nuestro destino y ese es el motor que siguen utilizando las centrales sindicales para movilizar a las masas enfurecidas. Con ese miedo no logramos ni darnos cuenta de la condición a la que se nos relegaba. Esperamos el milagro agarrados a lo imposible. Soñamos con trabajar a las órdenes de otro y custodiados por quien ostenta el monopolio de la violencia, vigilando que no nos falte de nada.
Con este temor perverso debemos enfrentar uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente. Son constantes los desencantos de quienes creen que por tener un salario de miles de millones lo tienen todo y de sus opuestos que por tenerlo de muchos menos ceros lo sabemos a la perfección. Pero son multitud quienes olvidaron el fondo de la cuestión y menospreciaron la manera de superar posibles problemas distributivos de una producción que escasea más que en cualquier otro momento de la historia.
Inundar las empresas de democracia es la única manera de hacer frente a un problema estructural de fondo. Es la única fórmula que nos puede llevar a timonear nuestras vidas al propio placer. El camino puede ser político o individual, pero inevitablemente sin complejos ni manías históricas. Da igual si nos llamamos empresarios o cooperativistas, si a excepción de los retirados de la vida productiva todos lo somos. Las luchas lo deben ser hasta que concluyen para siempre. En tiempos de dictadura franquista ningún luchador pensaba en perpetuar al jefe de estado por lo entrañable que resultaba hacerle frente. Por muy maravillosa que sea la resistencia, los enfrentamientos tienen una vida limitada. Por muy fascinante que resulte llamar a alguna puerta que de vez en cuando se estire en forma de salarios o subsidios, tiene que serlo mucho más establecer vínculos entre personas propietarias de sus destinos. Entre empresarios o cooperativistas podemos divisar un futuro con esperanza. Los sindicatos en todo esto no pintan nada porque no quieren pintar.
Los sindicatos desean conducirnos a la asalarización masiva o al menos eso parece. La oposición total a cualquier ERE, hasta con buenas condiciones de fuga se repite demasiadas veces. Porque tras la silueta del trabajador difícilmente ven algo distinto a lo que el directivo. La persona les cuesta percibirla en su amplitud de características. Olvidan nuestra naturaleza de seres libres y a la vez reprimidos por unas cadenas productivas. Los datos del crecimiento de esta horrorosa condición así me conduce a interpretarlo. De los años 40 hasta ahora más asalariados al asador para que nos calcinemos convenientemente.
La lucha franquista era clandestina y no tenía beneficiados. La lucha por los derechos de la clase trabajadora los genera a puñados. En cada empresa hay y habrá que hacer frente a los caprichos del dueño con unos batalladores profesionales. Llega la hora de conseguir conquistas y si no creía en los sindicatos, terminé de perder la fe. La pregunta no es si podemos sin ellos. La pregunta es si queremos. Porque parece que tampoco nos da la gana.
Seguiré con la retahíla la próxima semana. Intentaré contar la otra huelga en la que creo del todo, aunque me parece que se interrumpió. ¿Continuará?

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1 comentario

Publicado por en 19 noviembre, 2012 en opinión

 

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