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Hay alternativas; la juerga general

28 Nov

Seáis todos y más que nunca bienvenidos, de nuevo, a la propuesta que enlaza con la crónica anterior. El artículo de hoy es de aquellos que se culminaría a la perfección entre más de una cabeza e infinitas manos. No está dedicado en concreto a nadie, sino a cualquier ser mínimamente pensante, o sea cualquiera. Lastimados o beneficiados con el austericidio disponéis de un lugar preferente. Pertenecéis a aquellas clases de personas condenadas a entenderse, pero que sin embargo os teméis y condenáis mutuamente a pagar platos rotos. Estas letras de hoy que enlazan con las escritas la semana anterior están pensadas exclusivamente para vosotros, con permiso de los demás a quienes no les va ni les viene. Simplemente les importa salir por lo menos como entraron.
Sé que no creéis en ningún método de lucha que no sea la huelga, algunos sindicalistas que habéis hecho carrera en estas labores o que habéis traspasado la barrera política. Sé perfectamente que deseáis acumular avaricias unos cuantos a costa de los demás. Seguramente estemos separados por horizontes muy distintos que nos dividen en los medios a emplear. En el fondo, el ser humano sea de la condición que fuere, siempre persiguió exactamente lo mismo: la libertad. Los pocos privilegiados de la especie que rigen su destino y arrastran el de los demás siguen erre que erre agarrados a ese instinto que les conduce a obrar como les place. Sin importar las consecuencias, del signo que sean, hacia los más débiles que son quienes terminan recibiendo por puro azar.
Pensar en la mejora de condiciones de una clase determinada viene a ser equivalente a ascender peldaños en una pirámide social, en la que alcanzado cierto nivel se empieza a respirar algún grado superior de libertad. La estructura organizativa sigue exactamente igual. Pero los combatientes, conformados momentáneamente, respiran durante un largo rato paralizando cualquier conquista de rango superior. Sin transformar estructuras que es de lo que se trata, los movimientos se gestan tarde o temprano. Las empedernidas movilizaciones que nos conducen a ese eslabón privilegiado son en las que un servidor no cree ni creerá. En realidad vienen a ser como disfrutar de un bonito viaje en globo hasta que la bombona dice que hay que ir tocando suelo. Ascendemos para vernos identificados con la naturaleza de quienes odiamos y pasamos a envidiar. Desde lo más tangible de la superficie nada es apelable de este maravilloso método. En cuestión de rentas todo ha funcionado a la perfección. Un desempleado actual tiene mejor vida que un trabajador de los años 20. Felicidades y gracias a la vez a todos aquellos que lo hicieron posible. En la absoluta miseria es harto difícil transformar estructura alguna.
Por experiencia propia y siendo algo en lo quizás me estoy obsesionando últimamente, así que perdonad las molestias, me preocupa la línea temporal que va de mis bisabuelos hasta mi generación. Me preocupa saber que esos antepasados fueron agricultores autónomos por completo. Me preocupa saber que no gozaban de pensiones de la vejez, pero sobrevivieron a ella hasta la muerte a edades de 80 años. Me preocupa haber pasado en menos de 100 años a caer toda una familia en la trampa del salario. Algo anda mal, cuando el suceso se repite en casi todos los linajes de mi alrededor. Algo hay que cambiar en la lucha si no deseamos que del chupete de nuestros bebés cuelgue un contrato laboral, temporal o indefinido. Ese es el verdadero drama al que ha contribuido a partir de cierto momento de complacencia la gran mayoría de sindicatos planetarios. Pensaron que el chantaje que viene a significar la lucha, pero sin eufemismos podía mejorar eternamente las condiciones de vida de un grupo de personas cada vez más numeroso, olvidando todo lo demás. Sin pensar en lo que nos rodea es difícil tener en cuenta lo que nos afecta. Para eso las patronales sobran. Sus avaricias son las nuestras cuando lo deseamos absolutamente todo. Con sindicatos y gobiernos socialdemócratas puede ser suficiente. La capacidad de los individuos de tomar decisiones en condiciones de igualdad en aquellas tareas en las que participan es importante. A largo plazo es lo único que garantiza una distribución democrática de los recursos que los conocimientos acumulados y la aplicación de éstos se encargan de elaborar.
En una familia, las decisiones se pueden tomar de forma más o menos democrática. La mujer, tradicionalmente, poco contó en las resoluciones de estos pequeños grupos. Los chantajes se repetían hasta cierto punto, no fuera a llegar la rebeldía a eliminar por completo aquel miembro que traía el sustento al hogar. Eso es lo que nos ocurre insertados en corporaciones que poco o nada nos permiten decidir. Al final hasta representan nuestra salvación e incluso la posibilidad de ascender al cielo. Apresados por su voluntad la opción del sabotaje representa una pataleta necesaria cuando nos vemos encerrados en cualquier rincón de la casa, pero la estrategia tiene el límite descrito anteriormente.
Más allá de las fronteras de las unidades de producción el mundo existe. Algunos sindicatos, todavía minoritarios, se atrevieron con motivo de la última gran huelga generalizada a transitar en este paraje complicado. Convocaron una huelga de consumo de un solo día con la que coincido plenamente. Una ingeniosa forma de poner patas arriba la estructura de un hogar asfixiante. Dispone de una buena despensa de la que no nos podemos olvidar. Tenemos de todo y necesitamos un porcentaje ínfimo de lo que poseemos. Ese es el camino que nos puede permitir allanar el que hacemos al andar. Sólo cometieron un error las centrales ingeniosas y es que no proclamaron la acción indefinida. Es totalmente posible, está al alcance de cada uno de nosotros y sin necesidad alguna de organizarnos en piquetes informativos. La transición que parte de un punto que si de algo adolece es de estructuración social, podría encontrar una intersección desde donde empezar a abrir nuevas vías. Sólo es necesario el remate final y la asunción de las responsabilidades que hasta ahora delegamos. Tenemos la manija varias veces al día de continuar o alejarnos de la senda de la esclavitud y habría que aprovecharla, a conciencia y sin complacencia. Es necesario asumir las estructuras que debilitan nuestra ansiada plenitud y partiendo de ellas intentar crear otras. No nos fuéramos a desconectar de la UVI en un airado ataque que nos podría conducir a caer por las escaleras de los magníficos hospitales que nos asisten.
Sin caer en las desgracias que muchos están pisando debemos replantear nuestra existencia. Los bocadillos con poco embutido son sabrosos. La verdura, con mucha patata también lo es. En términos calóricos la carne a la plancha nos reporta exactamente lo mismo que la cocinada al horno, gastando ingentes cantidades de energía. Las duchas se pueden practicar semanalmente ahorrando grandes dispendios. La ropa nos salva de la suciedad y para algo se inventó. No se tejió para lavarla cada dos días. Los viajes se pueden evitar por un tiempo. Ya habrá otro tipo de agencias en el futuro que los organicen. Los desplazamientos de menos de 5 kilómetros pueden realizarse andando. Los de menos de 25 en bicicleta. Los afeitados pueden practicarse dos veces a la semana, sin demasiada espuma, con navaja que tarda en consumirse toda una vida y compartiéndola todo el sector masculino del vecindario. Las prendas pueden utilizarse, como mínimo, el doble de tiempo que el actual. Seguir la lista y compartir gastos superfluos significa que algo puede ocurrir en unos meses. Siempre que exista un mundo más allá de la austeridad.
La solvencia de distintas empresas puede ser lastrada en el más absoluto silencio. Para ello no es necesario gritar ni hacer demostraciones artísticas. Eso es lo que se consigue con tesón y constancia. Es duro y sacrificado llegar hasta donde muchos lo hicieron transitando por el mismo camino y otros se lo encontraron hecho a medida. Cuando las deudas corporativas crecen, la cotización de las acciones en los mercados desciende. Los mercados son así de simples. Si se aprovechan sus grietas es posible hacerse con instituciones enteras. Superando tabúes necesariamente. Los términos no deberían impedirnos ver el bosque. Después se planta lo que decida la mayoría y todos tan contentos. El tan temido y criticado Banco Santander, con Emilio Botín a la cabeza, está controlado por una cantidad de accionistas que no acumula ni un 10% de su capital social. Ir apropiándose de títulos de este tipo de empresas indómitas con lo ahorrado a base de sacrificios, decantaría la balanza hacia las maneras de hacer que nos gustan. Suponiendo que el millón de españoles que hizo huelga hubiera ido a trabajar y percibido, sigamos imaginando, unos 50 euros, 50 millones de euros podrían estar en una caja esperando adquirir medios productivos y encima de rebajas. Siempre que la conciencia social en el día a día fuera capaz de lastrar los precios de las cotizaciones el porcentaje de capital obtenido sería superior. Si todos aquellos españoles que fueron a preguntar por un crédito de un automóvil hubieran pensado en adquirir, en primer lugar una participación de una petrolera que viniera a reportar el líquido aproximado consumido anualmente, y después el motor donde arde el combustible, otro gallo cantaría. Pero cuando se trata de beber acostumbramos a pensar exclusivamente en el líquido, olvidándonos de la botella tan o más importante.
La lucha en ninguna de sus vertientes puede llevar a la victoria. Es necesario entender la combinación de varios métodos dirigidos hacia una misma causa. Incluso la conveniencia de acompañarla con la construcción de aquello que nos merece confianza de cara al futuro. No se trata de tocar las narices a unos cuantos. Hay que acariciar a la vez a los seres amados. No se trata de destruir lo que nos disgusta, sino de construir lo que nos encanta.
A modo de ejemplo imaginemos que dirigimos una campaña puntual de desprestigio bursátil hacia una empresa estratégica como Repsol. Podríamos empezar por comprar el pan en aquellos establecimientos que no usan horno de gasóleo. Deberíamos hacer mayor uso de energías animales. Apagaríamos calefacciones y desempolvaríamos las mantas del armario. Tenemos la opción de comer alimentos crudos procurando minimizar la ingesta de carne por motivos sanitarios. Hervida por un tiempo, sumergida en caldo reutilizable, tampoco está tan mal. Vuelve a hacer volar la imaginación y sigue una lista interminable. El sacrificio tiene la recompensa de ver índices bursátiles por los suelos, posibilitando la adquisición progresiva con todo lo ahorrado de un porcentaje significativo de alguna compañía.
Para finalizar es preciso no sólo recordar que los chantajes no pueden ser eternos, cosa que conocen perfectamente unos sindicatos que los convocan por un solo día. Es preciso añadir que no necesariamente tienen la patente de organizarlos unas instituciones en concreto. La responsabilidad puede ser de una secta, una iglesia o un club de petanca. Es preciso divisar también la otra cara de la moneda. El fin no justifica los medios, pero aporta convicciones en cada uno de nuestros actos. Si no sabemos dónde queremos llegar es difícil que tomemos la decisión de salir a la calle. Más allá de expresar la rebeldía diariamente tenemos la opción de adquirir productos en aquellos establecimientos que respetan las condiciones de sus comerciales. Podemos acudir a comprar sal en domingo y de madrugada o por un día sacrificarnos sin ella por respeto al dependiente. Podemos contribuir a los proyectos que tienen en cuenta la vida de los demás y de paso los hacemos un poco más viables. Existen unidades de producción donde quienes trabajan ostentan un voto y otras en las que no. Podemos decantar decisiones de compra hacia ese tipo de empresas. Podemos observar qué hace con nuestro dinero el panadero o el cervecero a quien Adam Smith mencionaba. ¿Va con demasiadas mujeres y demasiados descapotables o lleva una vida austera? Es cuestión de preguntar, antes de llevarse el pan bajo el brazo por un módico precio. Es importante saber de dónde viene el trigo y con qué energía se cuece. El motivo no es sanitario en absoluto. Simplemente es cuestión de relacionarse con aquellos que nos pueden dar respuestas veraces. Significa que están al mando de la producción, que manejan sus vidas y que con ellos debemos manejar las nuestras. Hasta que en Repsol no tengamos voz ni voto no queda otro remedio que abstenernos de llamar a sus puertas. No todos los sacrificios tienen porque llevarnos al huerto que Angela Merkel desea conducirnos.
A todo esto supongo que te preguntarás algo. Hay otra manera de tenerlo todo en manos de todos. Es la que se practicó en un pasado. Las estatalizaciones situaron en manos de nadie una cantidad creciente de riquezas anteriormente de unos cuantos. No confundamos ambas líneas a estas alturas. El fracaso de esta filosofía es el que estamos viviendo en la actualidad. Algo que no fue de nadie, en algún momento determinado puede ser otra vez de los mismos de antes. Hay que mantenerlo agarrado como esa tierra que en forma de bienes comunales se pierde en favor de algún aprovechado de turno. O conservamos cada uno nuestro pedacito o imaginamos que la totalidad nos pertenece y es necesario consensuar su mantenimiento con los copropietarios.
En el próximo capítulo intentaré contar algo sobre otro asunto. Esas famosas huelgas que han propiciado la mejora de las jornadas laborales. ¿Acaso han descendido en este terrible último siglo?

Capítulo anterior:

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Publicado por en 28 noviembre, 2012 en opinión, Sociedad

 

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