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Defecto Gamonal

12 Mar

bombillaHace algunas semanas saltaban unas curiosas llamaradas reaccionarias en Burgos. El barrio de Gamonal encendía un precedente preocupante, para unas autoridades que entienden perfectamente cuan incendiarias pueden resultar las diferencias sociales, crecientes y que marginan a una masa sustantiva al borde de la quiebra como seres humanos.
Los debates surgidos en la improvisada batalla tuvieron el origen de siempre y terminaron como cada vez. Los presuntos afectados señalaron la cabeza de unas autoridades, que planean obras colosales, y olvidadizas con los problemas cotidianos de una ciudad cualquiera de un planeta, único por el momento. Los agitadores intentaron hacer el agosto anticipado, conduciendo a las rebajas políticas las colas desatendidas.
El problema de raíz es mucho más complejo que la simple determinación entre bulevares y guarderías, centros educativos u hospitales. Si nos hubieran dejado elegir hace décadas entre grandes avenidas y urbanizaciones residenciales compactas soy de los que se hubiera apuntado a preferir vías de comunicación; mal que nos pese, menos invasivas hacia el territorio cultivable que es el que sigue financiando, irremediablemente, una cantidad de bocas crecientes amontonadas en las ciudades. Debo confesar que soy de la rara especie reaccionaria a la reaccionaria que hubiera seguido las obras del bulevar y demolido el barrio que dio el salto a la fama situado alrededor.
Ucrania es otra zona donde el fuego prendió de la manera que más asusta a los todopoderosos. Las ganas se reparten, tan formidablemente como mal distribuida está la riqueza. Esta tierra tiene un detalle que resta al margen de toda información oficial u oficiosa; caprichosamente o con toda la intención. Independientemente de si se trata de la llamarada definitiva a la III Guerra Mundial o se va a quedar en un conflicto civil europeo. Al margen de si Crimea se independiza por voluntad propia o forzada.
En Ucrania hay una central nuclear que continúa ardiendo 3 décadas después de haber quedado enterrada en un sarcófago con los días contados. Antes que guerra, este territorio necesita más cariño que las maravillas arqueológicas archiconocidas. Es un patrimonio de una humanidad, que sigue debiendo la vida a todos aquellos mártires que alzaron este templo satánico. Se levantó mediante promesas de bienestar, para unos sacrificados perdedores. Es un monumento a lo que significó un sistema de esclavitud que se permitía el lujo de utilizar a las personas para sacar las castañas, del fuego y sin guantes, ante cualquier riesgo indisociable a las ansias de crecer por encima de las posibilidades terrenales.
El debate de lo que ocurre realmente en tierra ucraniana puede ser tan parcial y subjetivo como aquel que tiene lugar en cada casa tras aterrizar cada dos meses el arma de cabreo masivo de mayor potencial. Los parlamentos emiten informaciones tan incompletas sobre tarifas eléctricas que crean hasta repugnancia a la hora de leer lo que ocurre más allá de los vulgares contadores. Los recargos monetarios en las facturas son menudencias, comparados con las exigencias implícitas a unos riesgos en los que se incurre cada vez que alguien se encapricha con echarse una ducha de agua caliente. ¿Ante un posible accidente atómico quién se atreverá a mojarse con la misma facilidad? Ni en Japón lo saben; solamente perciben un déficit crónico con el exterior desde que paralizaron las centrales nucleares y tienen previsto darle al botón para librarse de comprar combustibles para las centrales térmicas que, además, sacan demasiado humo.

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Publicado por en 12 marzo, 2014 en Economía

 

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