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Selecciones generales

Nos encontramos en un periodo curioso políticamente. Salimos de una guerra y nos estamos entrometiendo en otra de mayores dimensiones. Las elecciones municipales han arrojado unos datos que en otros tiempos hubieran alzado una República, en situación de subyugación a la monarquía, o la monarquía en contexto de sufrir una República.
El ambiente es similar al de los años 20, finiquitada una Guerra Mundial, para engendrar otra de consecuencias más devastadoras. Ha llegado la hora de que la población civil se pronuncie, más allá de la tradicional retaguardia, donde se cobijaba esperando el fin del conflicto. El epicentro del mismo conflicto es la relación entre la población civil y la subordinación a la casta partitocrática surgida por consenso pactado por unos cuantos en los primeros 80. Sólo faltan los soberbios broches arrogantes y prohibicionistas de sustancias alucinógenas como el alcohol, la marihuana, el opio o la heroína, no necesarias cuando la abundancia desaconseja comprender la realidad.
Los tiempos se acortan ostensiblemente. Tanto, que las legislaturas tienen pocas opciones a durar 4 años, como la de las nuevas siglas a durar décadas. Las alianzas entre formaciones con distintas sensibilidades enseñan a la muchedumbre que son el camino inevitable para llegar a buen puerto. Con la lección de fondo de los mensajes, y no de los mensajeros, y de las propuestas, y no de las siglas que las amparan. Con algunos episodios dramáticos que supondrán anécdotas singulares, más que la norma en el día a día de las cámaras con pluralidad representativa.
La debacle del régimen la ha iniciado, entre otros, unas criaturas un poco más mayorcitas que aquellos que actualmente están encerrados en casa intentando superar una selectividad para encarar el día de mañana. Son una generación con las expectativas mermadas, respecto aquellos que ostentan el poder con los simples estudios básicos, o el conocimiento mediocre del idioma en el que se expresan diariamente. Los que se examinan actualmente, todavía no votan, pero lo harán en el futuro a siglas totalmente distintas a quienes sus abuelos tienen una fe, ciega y alimentada cada mes con una pensión compensatoria, recordatoria, agradecida y pagada con deuda que los jovencitos devolverán con intereses incluidos.
Las selecciones generales están servidas, después de otras tantas que han ido aconteciendo en silencio ante la mayoría. Tras la dimisión de miles de personas que escaparon de un estado en quiebra, hacia otros más prósperos. Tras la criba en cada puesto laboral al que concurrieron cientos de candidatos por una silla. Tras la ocultación de papeles comprometedores para quien ostentaba el monopolio en la firma de contratos públicos. Tras la primera gran marginalización de antiguas siglas, fagocitadas por nuevas preferencias del votante.
Las selecciones generales se adentran en una cúspide poco acostumbrada a hacer política, sinónimo de relacionarse con los demás en igualdad de condiciones. Muy malcriada desde la cuna constitucional, las sábanas del BOE, la manta judicial y las ubres de Bruselas, el FMI, la ONU, la OTAN… El ejemplo que nos deja es de imposición y requiere más olvido que otra cosa, para afrontar la necesidad de entendimiento. El tambaleo y sucesión frenética de elegidos una consecuencia aceptable para un proceso de transición, como el que nos encontramos, pero inasumible en una situación de estabilización. Síntoma inequívoco de que la distancia hasta el final es mayor que la que nos separa del principio.
En estas selecciones generales, de este particular periodo de entreguerras, la decisión que está en el fondo es la posibilidad de seguir la evolución natural hacia la personalización y democratización de la política, o el inicio de los fuegos artificiales y artificiosos, que es la única alternativa que tienen los malcriados para seguir viviendo de los demás. Estamos en referendo constante entre reirnos de los demás o con los demás. Esa es la cuestión y lo demás solamente mantas, sábanas, barrotes, chupetes y biberones.

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Publicado por en 2 junio, 2015 en opinión

 

Espejito, espejito… demos gracias

Una de las cuestiones más controvertidas y lamentables de la democracia aflora en periodos electorales, como el que atravesamos, destino al siguiente, en este año, más electivo que político.
Los candidatos salen a la calle, en la tele, en la radio e incluso aparecen en los sueños, húmedos y ásperos, de grandes masas interconectadas por un fenómeno que podríamos entender como telepático, pero que no lo es. Es simple adoctrinamiento propagandístico, que se reproduce entre miles de millones de infinitas neuronas embellecidas por discursos, en los que resalta lo guapo, alto, simpático, inteligente, ágil, fuerte, robusto, trabajador y elegante que es cada elector. Cuando se trata de hacer propuestas, frente a demandas populares, la concesión es la norma en cada uno de los oídos atentos a las palabras del candidato a repartidor. Las descalificaciones, que suelen contener grandes dosis de verdad, están reservadas al adversario al pedestal.
La democracia, que le llaman, como a la telepatía por decirle algo, pero que no lo es, ni jamás lo ha sido, viene a ser un demos gracias. Démoslas por aquellos tiempos en los que no había discursos ni urnas. Démoslas por aquellas soluciones que llegan en cuentagotas. Démoslas a quienes han confiado en la palabra del representante. Démoslas por mantener las expectativas creadas. Y demos “Grecias”, para finalizar la fiesta, en el momento en el que empieza a agrietarse la ilusión y ya nadie traga que podamos disponer de una ciudad peatonalizada y transitable, un puerto en cada playa o un río en cada pantano.
La democracia relativizada adquiere, como todo, sus mayores cualidades. Depende con qué la comparemos es pésima o genial. Dependiendo con qué la contrastemos, lo es o deja de serlo. Así que demos gracias que el espejo sigue confesando quién es el más atractivo, que meterá la mejor carta a los reyes en la urna de cristal y, esperemos la conclusión del breve periodo de espejismo para pasar a hablar de política. Los tiempos actuales están reservados a los profesionales, y aspirantes, de la varita mágica en cada municipio. Que disfruten con cada una de sus erecciones, tras unos comicios en los que ganará, indudable y ampliamente, el vicio sistémico.

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Publicado por en 16 mayo, 2015 en opinión

 

¿Y a quién le importa?

Los problemas que sufre este país, el de al lado, el de arriba y el de más allá, tienen dos posibles causas, en función de los ojos con los que se observen.

Por un lado conocemos la explicación de un poder despótico que todo lo maneja a su antojo, repartiendo recursos públicos a sus seres más queridos. Por otro, nos habremos dado una y otra vez con la indiferencia, intentando acceder a una institución donde se celebra un pleno de representantes a sueldo de todos, por ejemplo. Nada por la izquierda y nadie por la derecha. Los empujones los sufrimos más frecuentemente en las puertas de los centros comerciales el día de inicio de las rebajas, o en las taquillas del estadio de fútbol.

Acercarnos a una u otra opción supone elegir entre hacer un ejercicio de crítica o de complacencia. Argumentos como el no nos dejan, no tenemos tiempo, ni mucho menos dinero, se traducen fácilmente en no tenemos las mínimas ganas de participar en la organización comunitaria. Fueron excusas repetidas mientras estudiábamos el tercer postgrado universitario, suscribíamos líneas de cable para pillar tropecientos canales de televisión o veíamos desde las pantallas multitudes minoritarias reclamando nuevas formas de contrato social.

Ahora, que no hay un Euro, todo cuela, y nos encaminamos satisfactoriamente a aceptar excusas; cuando deberíamos ser más auto-críticos que nunca, como necesidad indispensable para evolucionar en un momento de parálisis monstruosa. Las candidaturas en las que participar es gratuito, y sin andar demasiado lejos, se multiplican como setas alucinógenas a la conquista de las concejalías, en disputa hasta el 24 de mayo. Pero sigue habiendo más fuera que dentro, en esta carrera en la que no es que esté excluida alguna familia, sino que faltan apellidos, para que los de siempre no sean tan ilustres.

Entre opresión y sumisión hay una línea muy fina y, confusamente,separadora. Aquellos a quienes importa y que estarán atentos a los acontecimientos organizativos son los que, además de candidatos oficiales, serán designados a formar parte de una nueva casta que tiene todos los números para salir peor parada que la que estamos sustituyendo. Un proceso necesario para terminar, de forma amarga, perdiendo la fe en una élite, sea del color que se vista, a la que será imposible dar un nivel de vida superior al que tenemos. Pero, sin embargo no tiene más argumento para acercarse a la indiferencia que prometerlo.

Para pasar de la política de las píldoras, insustanciales de placebo, a la de verdad es necesario que nos importe aquello que tomamos. Y a quien le toca suministrar, que le importe reconocer que lo repartido salió de algún ombligo ajeno al suyo.

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Publicado por en 14 abril, 2015 en opinión, política, Sociedad

 

El reto de 2015

Es harto sabido que ya no sabemos hasta dónde estar de una situación de crisis que tenía  que durar cuatro días y de la que no se ve todavía el menor brote verde en muchas primaveras. Estamos tan preocupados que un extraterrestre desconocedor de lo que ocurre sería incapaz de adivinar que algún día nos importó bastante poco que una pandilla de aprovechados se hicieran con escaños, alcaldías, presidencias, judicaturas y todo tipo de despachos desde los que se apropiaban de parte de lo que es de todos y que solamente les tocaba administrar.
Se acercan unas elecciones en mayo que marcarán un revolcón de siglas y colores que hoy pueblan las cámaras representativas. Después de una larga repetición de todos los despropósitos que han cometido quienes fueran elegidos en la última convocatoria a urnas no serán los mismos sin ninguna duda quienes ocupen los tronos. Y esta vez no serán una decena de eurodiputados, sino una brutal cantidad de profesionales quienes tendrán que tirar de una puerta giratoria, ya que su desempleo consiste en eso.
Aunque parezca rocambolesco no hace cuatro años que una candidatura incumple un programa electoral. Por mucho que oigamos protestas con megáfono o micrófono constantemente. Aunque parezca surrealista tampoco lo es una corrupción endémica que parece haber aflorado hace cuatro días. En realidad todos los programas han sido incumplidos y podríamos contar con los dedos de una mano algún cargo ecuánime en toda la democracia.
La diferencia sustancial del momento que nos toca superar es que, además de cometer atrocidades, el poder ha dejado de repartir el biberón que satisfacía a una mayoría encantada de meter en la urna nombres y apellidos imputados en juicios televisados, gente que cobra impuestos, pero intenta evadir los suyos.
Es la hora de pasar página, más que de votar como acostumbrábamos. Los implicados son tantos que podríamos pasar el resto de nuestras vidas escribiendo maravillosas novelas y documentales de investigación sobre lo sucedido. Hasta paralizar un país que ya se caracteriza bastante por prestar atención a la vida privada de una élite, que cada vez que asoma por una revista es para mostrar hacia donde jamás nos gustaría dirigirnos.
Es la hora de llegar a la contraportada de la revista de turno de prensa rosa que se ha extendido peligrosamente por las secciones de política de los más selectos periódicos. Y de repensar unos programas de tertulia política que se asemejan más a un bodrio de cotilleos que a una cascada de propuestas de los distintos invitados al sillón, previo al escaño.
La peor corrupción es aquella que nos impide construir los mejores escenarios decisorios. La peor sustracción es la de un futuro que se acorta cada vez que discutimos sobre quien fue culpable o inocente en un pasado que no volverá.
Por citas electorales estamos servidos en este año que acaba de empezar. Son una oportunidad de evolucionar aceleradamente en asuntos políticos.

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Publicado por en 15 marzo, 2015 en Actualidad, opinión

 

Entrevista de Juan Carlos García

“…Vivimos momentos inéditos en nuestras existencias monótonas, siempre tendentes a la expansión. Estandartes como Detroit, capital del automóvil que ridiculizó el viaje convertido en frenético desplazamiento, entran en bancarrota irreversible. Escapar, como acostumbrábamos, es imposible. Se agotó hasta el refugio de la deuda pagada con deuda, vista la porquería que arrastraba este plumero…”

Nacido en la cosecha del 77 en Barcelona, con estudios elementales de economía y lecturas de todas las disciplinas, trabajador de banca a ratos mañaneros y escritor novel con ganas de interactuar con la naturaleza en el único trabajo que dignifica al hombre según Cicerón: el de agricultor. Hoy entrevistamos a Daniel Pueyo Pedret, autor de Verdades como pueblos, un ensayo editado por ediciones Carena que no deja indiferente a nadie por su lucidez, sentido del humor y lecciones prácticas y teóricas sobre la realidad que nos rodea en estos años que nos ha tocado vivir.

CCM-Lo prometido es deuda: La deuda se paga o se sigue debiendo. No se bebe ni se fuma aunque sea altamente tóxica… Así empieza tu libro, toda una declaración de intenciones.

DP-Así acabará la historia de esta civilización. Con una deuda financiera disparada y la posibilidad de pagarla o no En las triquiñuelas para pagarla de verdad podremos distinguir si damos un salto evolutivo al siguiente estadio o nos vamos al garete.

CCM- ¿Pesimista u optimista en este aspecto?

DP-Si alguien relata un problema es porque se quiere enfrentar a él y en primer lugar relacionándose. Convencido de que alguna de las infinitas soluciones en nuestro poder o caídas del cielo nos sacarán del atolladero.

CCM- Atolladero en el que parece nos hemos metido solos, aunque se intente decir que hemos sido empujados por fuerzas del “exterior” ¿Cómo lo definirías?

DP-Tendemos a echar las culpas de todo al exterior, pero siempre es el interior el que genera las interferencias primarias que desencadenan todas las demás. La deuda es muy expresiva de la situación. Cada estado se endeudó porque sus ciudadanos quisieron y cada ciudadano porque soberanamente lo decidió.

CCM-En ese sentido hablas en tu libro sobre los administradores del estado, en concreto manifiestas que estos no producen, sino que gestionan parte de la producción ¿Crees que la sociedad esto lo entiende, o se limita a hacer oídos sordos y la vista gorda esperando que los gestores les solucionen las papeletas?

CP-No producen ni los administradores de los estados ni de las empresas. Ni los vende-votos, ni los vende-productos. Haciendo el tonto hemos llegado a una situación en la que aproximadamente el 90% de la población no produce y subiendo.

CCM- ¿Qué cambiarías entonces en España para que se revertiese la situación?

DP-Formas organizativas implicativas de responsabilidad. Por ejemplo voto a mano alzada en cuestión política. Propietariado en lugar de asalariado. En resumen, quien no se puede responsabilizar no puede administrar ni producir. La tendencia es al parón de esta manera.

CCM- Entiendo. Supongo que por ello escribes en el libro que la prometida reforma de las administraciones públicas, sin retocar mínimamente la idiosincrasia de las mismas, produce un efecto similar a la pérdida de peso en un organismo enfermo, pero ¿Cómo cambiar para que de verdad se note que algo ha cambiado?

DP- La reforma de las Administraciones Públicas y concretamente la Administración Local, consiste en suprimir aquellos cargos que menos cobran y que menos gastos ocasionan en coches oficiales y hoteles. Son los Europarlamentarios los obligados a profesionalizarse y a coger muchos aviones cada mes. Los concejales van andando a sus puestos. Un cambio sin que se note podría suponer dar importancia al ayuntamiento que ya lo tenemos en cabeza de más de 8000 municipios.

CCM-O sea, regresar un poco a las relaciones de vecindad en vez de dejarlo todo en manos de organismos gigantescos muy alejados de los individuos.

DP-Los Vascos se organizaban alrededor de un árbol. Los Andorranos modernos alrededor de una parroquia. Tanto da el lugar. Lo importante es que lo público se decida en público y lo privado entre las partes implicadas. La tecnología dirá el resto sobre el lugar y la manera.

CCM- Eso parece que quieren hacer de alguna manera tus paisanos catalanes, o al menos una parte importante de ellos ¿Cómo vives tú el proceso separatista iniciado por Más?

DP- Eso es lo que jamás hará Artur Mas porque consistiría en reunir al pueblo implicado y pronunciarse. Soy de los que vive como hecho normal que la ciudadanía se quiera independizar de España y pronostico que el día de mañana lo querrá hacer también de Cataluña. Porque lo que realmente se siente ahogar son las estructuras organizativas actuales.

CCM- Ya, pero se tendrá que dar un paso en contra de todo eso, alguien tendrá que darlo, pero en el libro comentas que en el mismo instante que el individuo acciona una palanca donde se escribe la palabra cambio , una serie de transformaciones se suceden sin que se puedan predecir las consecuencias ¿el poder omnipotente que todo lo vigila es el enemigo del cambio?

DP- El poder omnipotente somos cada uno de nosotros y relacionados con los demás poderes es difícil adivinar las consecuencias. Nuestra esencia nos lleva a no querer cambiar, por pura comodidad y miedo a meternos en terreno desconocido. Pese a todo el cambio de condiciones ambientales nos empujará a querer cambiar, porque la situación se va volviendo irresistible.

CCM- ¿No sería mejor olvidarse de un progreso a lo cangrejo y regresar a lo rural? Al fin de cuentas, España tiene a su entorno rural despoblado pero aún con recursos para un cierto cambio de tendencia.

DP- Sería conveniente generar todos los materiales necesarios para la industria desde el sector primario agrícola. Carbón vegetal en lugar de mineral o lino en lugar de fibras sintéticas. A lo rural hay que regresar, pero con procedimientos mucho más avanzados que los de nuestros abuelos porque más de 40 millones de habitantes no se mantienen así como así. La biotecnología puede dar respuestas, pero también dar continuidad a lo olvidado tras la revolución verde. Y sin ninguna duda la industria ganaría potencial productivo diseminada por el campo. El cambio de esta era debería ser ese.

CCM-De todo esto trata tu ensayo, un libro que dice “verdades como pueblos”, pero que supongo al ser un escritor novel te costaría mucho que las editoriales se interesasen por él, ¿Cómo ha sido el proceso de búsqueda y encuentro de una editorial que apostase por tu libro?

DP- Parece difícil, pero con la constancia de enviar la propuesta a unas diez editoriales por semana iba logrando el interés de alguna de ellas cada mes. Y entre las que lo hicieron Ediciones Carena fue la que me pareció más íntegra para realizar una de las últimas tareas de la obra.

CCM- Y de vivir de ello de momento no hablamos.

DP- Estoy viviendo con ello muy a gusto. Vivir he vivido siempre y viviré con o sin ello.

CCM- Una estupenda sentencia para ir cerrando esta entrevista, pero aún me queda algo en el tintero ¿Cómo ves las próximas elecciones europeas?

DP- Como elector votando al partido X. Como observador con un PP-PSOE que va a rozar en conjunto el 50% de papeletas. IU y UPYD con aproximadamente 15 y 10% de apoyos. CIU y ERC en conjunto tienen que sumar un 5%. El restante 20% se va a repartir entre formaciones novedosas representativamente y votos nulos y en blanco que pueden llegar a sumar un 7%.

CCM- O sea, como siempre…

DP- Quizás indiquen que las elecciones nacionales se tienen que anticipar a las municipales

CCM- ¿Y tú próximo libro, para cuando nos lo anticipas?

DP- Escribir, como ejercicio es tan sano como jugar al ajedrez y voy a continuar practicando ambas distracciones. Hacerlo en forma de libro, artículo o carta al director de un periódico ya es otra cosa.

CCM- Pues ya sabes que esta es tu casa y cuando quieras nos puedes dejar algún artículo, Daniel. Y ya me despido de ti, recordando además porque es de justicia, que el prólogo de tu libro lo ha escrito otro buen amigo y mejor escritor como es Ramiro Pinto Cañón. Qué decir de él, tú que lo conoces más que yo.

DP- De él recomendar la lectura de “los fundamentos de la renta básica y la Perestroika del capitalismo”. Allí explica esta crisis muchos años antes de que empezáramos a crecer económicamente. Una persona así sólo podía escribir el mejor de los prólogos que se pudieran haber escrito.

CCM- Pues nos quedamos con la recomendación y procuraremos invitarlo a estas páginas virtuales. Un placer amigo, y mis felicitaciones por el libro, y a la editorial por el acierto sin duda en publicarlo.

DP- Gracias y suerte con la actividad editorial de publicaciones más escuetas y fugaces por los mundos internautas. Que lo efímero nos eternice.

Entrevista realizada por Gallego Rey @mareaxenaterra Todos los derechos reservados Publicada en Costa cálida Magazine

 
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Publicado por en 20 julio, 2014 en opinión

 

Hay alternativas; la juerga general

Seáis todos y más que nunca bienvenidos, de nuevo, a la propuesta que enlaza con la crónica anterior. El artículo de hoy es de aquellos que se culminaría a la perfección entre más de una cabeza e infinitas manos. No está dedicado en concreto a nadie, sino a cualquier ser mínimamente pensante, o sea cualquiera. Lastimados o beneficiados con el austericidio disponéis de un lugar preferente. Pertenecéis a aquellas clases de personas condenadas a entenderse, pero que sin embargo os teméis y condenáis mutuamente a pagar platos rotos. Estas letras de hoy que enlazan con las escritas la semana anterior están pensadas exclusivamente para vosotros, con permiso de los demás a quienes no les va ni les viene. Simplemente les importa salir por lo menos como entraron.
Sé que no creéis en ningún método de lucha que no sea la huelga, algunos sindicalistas que habéis hecho carrera en estas labores o que habéis traspasado la barrera política. Sé perfectamente que deseáis acumular avaricias unos cuantos a costa de los demás. Seguramente estemos separados por horizontes muy distintos que nos dividen en los medios a emplear. En el fondo, el ser humano sea de la condición que fuere, siempre persiguió exactamente lo mismo: la libertad. Los pocos privilegiados de la especie que rigen su destino y arrastran el de los demás siguen erre que erre agarrados a ese instinto que les conduce a obrar como les place. Sin importar las consecuencias, del signo que sean, hacia los más débiles que son quienes terminan recibiendo por puro azar.
Pensar en la mejora de condiciones de una clase determinada viene a ser equivalente a ascender peldaños en una pirámide social, en la que alcanzado cierto nivel se empieza a respirar algún grado superior de libertad. La estructura organizativa sigue exactamente igual. Pero los combatientes, conformados momentáneamente, respiran durante un largo rato paralizando cualquier conquista de rango superior. Sin transformar estructuras que es de lo que se trata, los movimientos se gestan tarde o temprano. Las empedernidas movilizaciones que nos conducen a ese eslabón privilegiado son en las que un servidor no cree ni creerá. En realidad vienen a ser como disfrutar de un bonito viaje en globo hasta que la bombona dice que hay que ir tocando suelo. Ascendemos para vernos identificados con la naturaleza de quienes odiamos y pasamos a envidiar. Desde lo más tangible de la superficie nada es apelable de este maravilloso método. En cuestión de rentas todo ha funcionado a la perfección. Un desempleado actual tiene mejor vida que un trabajador de los años 20. Felicidades y gracias a la vez a todos aquellos que lo hicieron posible. En la absoluta miseria es harto difícil transformar estructura alguna.
Por experiencia propia y siendo algo en lo quizás me estoy obsesionando últimamente, así que perdonad las molestias, me preocupa la línea temporal que va de mis bisabuelos hasta mi generación. Me preocupa saber que esos antepasados fueron agricultores autónomos por completo. Me preocupa saber que no gozaban de pensiones de la vejez, pero sobrevivieron a ella hasta la muerte a edades de 80 años. Me preocupa haber pasado en menos de 100 años a caer toda una familia en la trampa del salario. Algo anda mal, cuando el suceso se repite en casi todos los linajes de mi alrededor. Algo hay que cambiar en la lucha si no deseamos que del chupete de nuestros bebés cuelgue un contrato laboral, temporal o indefinido. Ese es el verdadero drama al que ha contribuido a partir de cierto momento de complacencia la gran mayoría de sindicatos planetarios. Pensaron que el chantaje que viene a significar la lucha, pero sin eufemismos podía mejorar eternamente las condiciones de vida de un grupo de personas cada vez más numeroso, olvidando todo lo demás. Sin pensar en lo que nos rodea es difícil tener en cuenta lo que nos afecta. Para eso las patronales sobran. Sus avaricias son las nuestras cuando lo deseamos absolutamente todo. Con sindicatos y gobiernos socialdemócratas puede ser suficiente. La capacidad de los individuos de tomar decisiones en condiciones de igualdad en aquellas tareas en las que participan es importante. A largo plazo es lo único que garantiza una distribución democrática de los recursos que los conocimientos acumulados y la aplicación de éstos se encargan de elaborar.
En una familia, las decisiones se pueden tomar de forma más o menos democrática. La mujer, tradicionalmente, poco contó en las resoluciones de estos pequeños grupos. Los chantajes se repetían hasta cierto punto, no fuera a llegar la rebeldía a eliminar por completo aquel miembro que traía el sustento al hogar. Eso es lo que nos ocurre insertados en corporaciones que poco o nada nos permiten decidir. Al final hasta representan nuestra salvación e incluso la posibilidad de ascender al cielo. Apresados por su voluntad la opción del sabotaje representa una pataleta necesaria cuando nos vemos encerrados en cualquier rincón de la casa, pero la estrategia tiene el límite descrito anteriormente.
Más allá de las fronteras de las unidades de producción el mundo existe. Algunos sindicatos, todavía minoritarios, se atrevieron con motivo de la última gran huelga generalizada a transitar en este paraje complicado. Convocaron una huelga de consumo de un solo día con la que coincido plenamente. Una ingeniosa forma de poner patas arriba la estructura de un hogar asfixiante. Dispone de una buena despensa de la que no nos podemos olvidar. Tenemos de todo y necesitamos un porcentaje ínfimo de lo que poseemos. Ese es el camino que nos puede permitir allanar el que hacemos al andar. Sólo cometieron un error las centrales ingeniosas y es que no proclamaron la acción indefinida. Es totalmente posible, está al alcance de cada uno de nosotros y sin necesidad alguna de organizarnos en piquetes informativos. La transición que parte de un punto que si de algo adolece es de estructuración social, podría encontrar una intersección desde donde empezar a abrir nuevas vías. Sólo es necesario el remate final y la asunción de las responsabilidades que hasta ahora delegamos. Tenemos la manija varias veces al día de continuar o alejarnos de la senda de la esclavitud y habría que aprovecharla, a conciencia y sin complacencia. Es necesario asumir las estructuras que debilitan nuestra ansiada plenitud y partiendo de ellas intentar crear otras. No nos fuéramos a desconectar de la UVI en un airado ataque que nos podría conducir a caer por las escaleras de los magníficos hospitales que nos asisten.
Sin caer en las desgracias que muchos están pisando debemos replantear nuestra existencia. Los bocadillos con poco embutido son sabrosos. La verdura, con mucha patata también lo es. En términos calóricos la carne a la plancha nos reporta exactamente lo mismo que la cocinada al horno, gastando ingentes cantidades de energía. Las duchas se pueden practicar semanalmente ahorrando grandes dispendios. La ropa nos salva de la suciedad y para algo se inventó. No se tejió para lavarla cada dos días. Los viajes se pueden evitar por un tiempo. Ya habrá otro tipo de agencias en el futuro que los organicen. Los desplazamientos de menos de 5 kilómetros pueden realizarse andando. Los de menos de 25 en bicicleta. Los afeitados pueden practicarse dos veces a la semana, sin demasiada espuma, con navaja que tarda en consumirse toda una vida y compartiéndola todo el sector masculino del vecindario. Las prendas pueden utilizarse, como mínimo, el doble de tiempo que el actual. Seguir la lista y compartir gastos superfluos significa que algo puede ocurrir en unos meses. Siempre que exista un mundo más allá de la austeridad.
La solvencia de distintas empresas puede ser lastrada en el más absoluto silencio. Para ello no es necesario gritar ni hacer demostraciones artísticas. Eso es lo que se consigue con tesón y constancia. Es duro y sacrificado llegar hasta donde muchos lo hicieron transitando por el mismo camino y otros se lo encontraron hecho a medida. Cuando las deudas corporativas crecen, la cotización de las acciones en los mercados desciende. Los mercados son así de simples. Si se aprovechan sus grietas es posible hacerse con instituciones enteras. Superando tabúes necesariamente. Los términos no deberían impedirnos ver el bosque. Después se planta lo que decida la mayoría y todos tan contentos. El tan temido y criticado Banco Santander, con Emilio Botín a la cabeza, está controlado por una cantidad de accionistas que no acumula ni un 10% de su capital social. Ir apropiándose de títulos de este tipo de empresas indómitas con lo ahorrado a base de sacrificios, decantaría la balanza hacia las maneras de hacer que nos gustan. Suponiendo que el millón de españoles que hizo huelga hubiera ido a trabajar y percibido, sigamos imaginando, unos 50 euros, 50 millones de euros podrían estar en una caja esperando adquirir medios productivos y encima de rebajas. Siempre que la conciencia social en el día a día fuera capaz de lastrar los precios de las cotizaciones el porcentaje de capital obtenido sería superior. Si todos aquellos españoles que fueron a preguntar por un crédito de un automóvil hubieran pensado en adquirir, en primer lugar una participación de una petrolera que viniera a reportar el líquido aproximado consumido anualmente, y después el motor donde arde el combustible, otro gallo cantaría. Pero cuando se trata de beber acostumbramos a pensar exclusivamente en el líquido, olvidándonos de la botella tan o más importante.
La lucha en ninguna de sus vertientes puede llevar a la victoria. Es necesario entender la combinación de varios métodos dirigidos hacia una misma causa. Incluso la conveniencia de acompañarla con la construcción de aquello que nos merece confianza de cara al futuro. No se trata de tocar las narices a unos cuantos. Hay que acariciar a la vez a los seres amados. No se trata de destruir lo que nos disgusta, sino de construir lo que nos encanta.
A modo de ejemplo imaginemos que dirigimos una campaña puntual de desprestigio bursátil hacia una empresa estratégica como Repsol. Podríamos empezar por comprar el pan en aquellos establecimientos que no usan horno de gasóleo. Deberíamos hacer mayor uso de energías animales. Apagaríamos calefacciones y desempolvaríamos las mantas del armario. Tenemos la opción de comer alimentos crudos procurando minimizar la ingesta de carne por motivos sanitarios. Hervida por un tiempo, sumergida en caldo reutilizable, tampoco está tan mal. Vuelve a hacer volar la imaginación y sigue una lista interminable. El sacrificio tiene la recompensa de ver índices bursátiles por los suelos, posibilitando la adquisición progresiva con todo lo ahorrado de un porcentaje significativo de alguna compañía.
Para finalizar es preciso no sólo recordar que los chantajes no pueden ser eternos, cosa que conocen perfectamente unos sindicatos que los convocan por un solo día. Es preciso añadir que no necesariamente tienen la patente de organizarlos unas instituciones en concreto. La responsabilidad puede ser de una secta, una iglesia o un club de petanca. Es preciso divisar también la otra cara de la moneda. El fin no justifica los medios, pero aporta convicciones en cada uno de nuestros actos. Si no sabemos dónde queremos llegar es difícil que tomemos la decisión de salir a la calle. Más allá de expresar la rebeldía diariamente tenemos la opción de adquirir productos en aquellos establecimientos que respetan las condiciones de sus comerciales. Podemos acudir a comprar sal en domingo y de madrugada o por un día sacrificarnos sin ella por respeto al dependiente. Podemos contribuir a los proyectos que tienen en cuenta la vida de los demás y de paso los hacemos un poco más viables. Existen unidades de producción donde quienes trabajan ostentan un voto y otras en las que no. Podemos decantar decisiones de compra hacia ese tipo de empresas. Podemos observar qué hace con nuestro dinero el panadero o el cervecero a quien Adam Smith mencionaba. ¿Va con demasiadas mujeres y demasiados descapotables o lleva una vida austera? Es cuestión de preguntar, antes de llevarse el pan bajo el brazo por un módico precio. Es importante saber de dónde viene el trigo y con qué energía se cuece. El motivo no es sanitario en absoluto. Simplemente es cuestión de relacionarse con aquellos que nos pueden dar respuestas veraces. Significa que están al mando de la producción, que manejan sus vidas y que con ellos debemos manejar las nuestras. Hasta que en Repsol no tengamos voz ni voto no queda otro remedio que abstenernos de llamar a sus puertas. No todos los sacrificios tienen porque llevarnos al huerto que Angela Merkel desea conducirnos.
A todo esto supongo que te preguntarás algo. Hay otra manera de tenerlo todo en manos de todos. Es la que se practicó en un pasado. Las estatalizaciones situaron en manos de nadie una cantidad creciente de riquezas anteriormente de unos cuantos. No confundamos ambas líneas a estas alturas. El fracaso de esta filosofía es el que estamos viviendo en la actualidad. Algo que no fue de nadie, en algún momento determinado puede ser otra vez de los mismos de antes. Hay que mantenerlo agarrado como esa tierra que en forma de bienes comunales se pierde en favor de algún aprovechado de turno. O conservamos cada uno nuestro pedacito o imaginamos que la totalidad nos pertenece y es necesario consensuar su mantenimiento con los copropietarios.
En el próximo capítulo intentaré contar algo sobre otro asunto. Esas famosas huelgas que han propiciado la mejora de las jornadas laborales. ¿Acaso han descendido en este terrible último siglo?

Capítulo anterior:

 
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Publicado por en 28 noviembre, 2012 en opinión, Sociedad

 

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La huelga interminable

No puedo dar impresiones sobre la huelga general más exitosa de la historia moderna, sin antes aclarar una característica personalísima. Vaya por delante que jamás creí en los sindicatos. Por mucho que reaccionen ante la barbarie desatada por unas exigencias de austeridad equivocadas. Por mucho que peleen en los despachos ministeriales una nueva reforma laboral que garantice el caviar para cada afiliado. Por mucho que ideen fórmulas legales de prohibir el despido. Seguirán sin encontrar en un servidor a un aliado incondicional. Caminan en una dirección equivocada y ahora les paso a contar el porqué.
Hace dos días, el 14 de noviembre la mayoría de asalariados se las ingenió como pudo para acudir a sus puestos de trabajo. En este sentido, fracasaron estrepitosamente en la convocatoria de la inamovible huelga. Las manifestaciones populares contrastaban con el triste ambiente reivindicativo matinal. A media tarde las calles se llenaron con la marabunta de hijos y nietos del bando perdedor de una guerra civil, perdida en tantos frentes que hasta se derrumbó enteramente la memoria transgeneracional. Las centrales sindicales sólo recuerdan el parón de la actividad productiva por unas cortas horas como método de lucha. Con el horizonte puesto en la vuelta, a cambio de unas mejores condiciones. Una actitud anacrónica, superficial y hasta festejable por unas direcciones empresariales aliviadas de retribuir a una gran cantidad de factor trabajo.
Yendo mínima y esquemáticamente al fondo, conviene hacer una retrospección de ocho décadas. Tras la masacre de la España roja, la mitad de la población activa realizaba actividades relacionadas con el sector primario. Excluya a los abuelos de los jornaleros que actualmente viven subsidiados en amplias regiones y piense en el resto. Olvide a los cuatro terratenientes que no han dado un palo al agua en su vida, para al menos paliar la rabia que nubla la vista. La realidad es que la mayoría de la población rural era propietaria de su parcela productiva antes, durante y poco después de la República. Vivía a duras penas y con esfuerzo, pero soportaba las peores escaseces de la historia muy dignamente. La mayoría de la población de los revolucionarios años 30 conservaba la manija de su futuro. Los grupúsculos que carecían de poder de maniobra se rebelaban en ciudades enteras, porque principalmente carecían de la tan preconizada democracia, alcanzada gracias a la lucha de la denominada clase obrera.
Las masas residentes en la ciudad vivían mayoritariamente subsidiadas por los propietarios de los medios de producción. Eran hijos de antiguos propietarios rurales. Sin voz ni voto en el puesto laboral ni fuera de la fábrica necesitaban contrarrestar las avaricias empresariales compinchadas con las élites políticas, mediante métodos ingeniosos y a menudo violentos. Sin posibilidad de diálogo social entre grupos de intereses contrapuestos, las armas tenían que calmar difíciles problemáticas con la subsistencia de los más dependientes.
Firmada la paz en un continente encendido por carencias notables, el asalariado alcanzó el cénit que había soñado durante la primera mitad de siglo XX. Empezó a andar más que subsistiendo, olvidando cuestiones sustanciales en la organización de la nueva sociedad que todavía da algún coletazo. Similar al de la cola de una lagartija, hay que precisarlo. A largo plazo no la reanima ni el mejor equipo de urgencias del mejor hospital del planeta. Los años 50 inauguraron el denominado estado del bienestar en el que a base de recaudar una especie de impuesto revolucionario a los propietarios de los medios de producción, permitió mejorar la calidad de vida de los subsidiados por estas mismas clases. Los más dependientes contentos y felices para que al final termine siendo un chollo depender, a cambio de suculentos beneficios.
Todo parecía ir muy bonito, pero sin atajar la cuestión de fondo. La problemática termina superando todos los beneficios obtenidos sin cambiar estructuras, sino incluso exagerando errores. Las unidades de producción han tenido el mismo problema democrático que los estados controlados por unas élites endogámicas. El histórico consenso político impidió la necesaria transformación de las empresas en organizaciones donde cada trabajador ostentara un único voto en las decisiones. La inopia sindical hizo el resto. Con salarios superiores a los de subsistencia era factible adquirir porciones de medios de producción. Más despacio que a través de una rotura de los órdenes establecidos, pero de manera igualmente efectiva. El hedonismo y las manías apagaron cualquier reacción. ¿Para qué poder ir a votar donde pasamos la mitad del día? Ya vigilan los sindicatos que el estado vigile convenientemente y con el tiempo ahorrado vamos hasta el Caribe y volvemos.
La tendencia experimentada en la última mitad de siglo marca todo lo contrario a lo que deberíamos esperar de una clase que dice luchar por sus derechos, organizada por el sindicalismo de siempre. Si las emancipaciones ideales son como las de algunas veinteañeras que de forma creciente se van de casa para dedicarse a la prostitución, vamos en el camino idóneo arrimados a los sindicatos. Lo de menos en esta apreciación son las etiquetas, los logotipos y las siglas. Lo penoso, los horizontes que siguen sin existir más allá del perreo perfectamente retransmitido y extendido por vastas avenidas. Más de la mitad de padres y abuelos que sacaron las pancartas el 14 de noviembre eran propietarios de algún medio de producción. En pleno siglo XXI la inmensa mayoría de la población joven debe un pisito que representaba la máxima aspiración de una generación que sigue negándose rotundamente a tener voz y voto en la producción. En Estados Unidos quien de verdad se suicidaba durante los terribles años 30 no eran los banqueros en Wall Street, sino agricultores y granjeros incapaces de hacer frente a unos créditos impagables monetariamente. En la Europa del siglo XXI, después de largas décadas de inmejorables salarios ni tan siquiera los más expertos lameculos que han ascendido hasta los mejores cargos ejecutivos del gobierno, patronales, sindicatos o colegios profesionales, han conseguido apoderarse de medio alguno. Alguna mansión, algún vehículo de lujo y algún criado bien vestido a su servicio. Poca cosa más. Imagínese los demás como nos podemos encontrar. Sin posibilidad de perder nada porque nada tenemos ni hemos tenido. Tememos por nuestro destino y ese es el motor que siguen utilizando las centrales sindicales para movilizar a las masas enfurecidas. Con ese miedo no logramos ni darnos cuenta de la condición a la que se nos relegaba. Esperamos el milagro agarrados a lo imposible. Soñamos con trabajar a las órdenes de otro y custodiados por quien ostenta el monopolio de la violencia, vigilando que no nos falte de nada.
Con este temor perverso debemos enfrentar uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente. Son constantes los desencantos de quienes creen que por tener un salario de miles de millones lo tienen todo y de sus opuestos que por tenerlo de muchos menos ceros lo sabemos a la perfección. Pero son multitud quienes olvidaron el fondo de la cuestión y menospreciaron la manera de superar posibles problemas distributivos de una producción que escasea más que en cualquier otro momento de la historia.
Inundar las empresas de democracia es la única manera de hacer frente a un problema estructural de fondo. Es la única fórmula que nos puede llevar a timonear nuestras vidas al propio placer. El camino puede ser político o individual, pero inevitablemente sin complejos ni manías históricas. Da igual si nos llamamos empresarios o cooperativistas, si a excepción de los retirados de la vida productiva todos lo somos. Las luchas lo deben ser hasta que concluyen para siempre. En tiempos de dictadura franquista ningún luchador pensaba en perpetuar al jefe de estado por lo entrañable que resultaba hacerle frente. Por muy maravillosa que sea la resistencia, los enfrentamientos tienen una vida limitada. Por muy fascinante que resulte llamar a alguna puerta que de vez en cuando se estire en forma de salarios o subsidios, tiene que serlo mucho más establecer vínculos entre personas propietarias de sus destinos. Entre empresarios o cooperativistas podemos divisar un futuro con esperanza. Los sindicatos en todo esto no pintan nada porque no quieren pintar.
Los sindicatos desean conducirnos a la asalarización masiva o al menos eso parece. La oposición total a cualquier ERE, hasta con buenas condiciones de fuga se repite demasiadas veces. Porque tras la silueta del trabajador difícilmente ven algo distinto a lo que el directivo. La persona les cuesta percibirla en su amplitud de características. Olvidan nuestra naturaleza de seres libres y a la vez reprimidos por unas cadenas productivas. Los datos del crecimiento de esta horrorosa condición así me conduce a interpretarlo. De los años 40 hasta ahora más asalariados al asador para que nos calcinemos convenientemente.
La lucha franquista era clandestina y no tenía beneficiados. La lucha por los derechos de la clase trabajadora los genera a puñados. En cada empresa hay y habrá que hacer frente a los caprichos del dueño con unos batalladores profesionales. Llega la hora de conseguir conquistas y si no creía en los sindicatos, terminé de perder la fe. La pregunta no es si podemos sin ellos. La pregunta es si queremos. Porque parece que tampoco nos da la gana.
Seguiré con la retahíla la próxima semana. Intentaré contar la otra huelga en la que creo del todo, aunque me parece que se interrumpió. ¿Continuará?

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Publicado por en 19 noviembre, 2012 en opinión

 

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